Ensilados y forrajes de otoño: claves para conservar valor nutritivo y evitar pérdidas en invierno

Ensilados y forrajes de otoño

Septiembre es un mes estratégico en muchas explotaciones ganaderas. El verano empieza a quedar atrás, cambian las condiciones ambientales y comienza una etapa en la que conviene mirar más allá del presente. El invierno todavía parece lejano, pero buena parte de la alimentación de los próximos meses se está decidiendo ahora.

Y ahí los ensilados y forrajes de otoño juegan un papel fundamental.

Conservar bien un forraje no consiste únicamente en almacenarlo. Se trata de mantener, en la medida de lo posible, aquello que realmente tiene valor para el animal: energía, proteína, digestibilidad y capacidad de consumo. Una mala recolección, una compactación insuficiente o una entrada de aire aparentemente pequeña pueden generar pérdidas que no siempre resultan visibles al abrir el silo, pero que después aparecen en forma de menor consumo, peor conversión o necesidad de incrementar la suplementación.

La alimentación es, además, uno de los principales costes de producción de una explotación ganadera. El MAPA recuerda que optimizar las raciones y utilizar piensos y alimentos seguros resulta esencial tanto desde el punto de vista económico como de la sanidad animal.

Por eso, septiembre es un buen momento para hablar de conservación de forrajes. Lo que se haga bien ahora ayudará a alimentar mejor durante el invierno.

Por qué una mala conservación cuesta dinero después

Un buen forraje comienza en el campo, pero su calidad definitiva se decide durante todo el proceso que va desde la siega hasta el momento en que llega al comedero.

Durante ese recorrido pueden producirse pérdidas mecánicas, fermentativas y de almacenamiento. También aparecen pérdidas después de abrir el silo, cuando el ensilado vuelve a entrar en contacto con el oxígeno.

La Universidad Politécnica de Madrid señala que las pérdidas durante el ensilado afectan especialmente a las fracciones más digestibles del vegetal. Cuando aumentan las pérdidas de materia seca, disminuyen la digestibilidad y el valor energético del producto final, y también puede deteriorarse su fracción proteica.

Eso significa que una mala conservación puede salir cara por varias vías.

Primero, porque se pierde alimento físicamente. Pero también porque lo que queda puede tener menor calidad. Un silo puede conservar volumen y, sin embargo, ofrecer menos energía o menos proteína aprovechable de la que tenía el cultivo cuando se cosechó.

Después llegan las consecuencias: hay que corregir la ración con más concentrado, aumentar determinados complementos o asumir un rendimiento inferior.

La pérdida no siempre se ve en el silo. Muchas veces aparece meses después en la cuenta de resultados.

El principio básico del ensilado: fermentar sin aire

El ensilado es una técnica de conservación basada en una fermentación en ausencia de oxígeno. Tras almacenar y compactar el forraje, determinadas bacterias utilizan los azúcares disponibles y producen principalmente ácido láctico. Esa acidificación ayuda a estabilizar el material y a frenar el desarrollo de microorganismos indeseables.

Para que el proceso funcione, hay una condición imprescindible: el aire debe desaparecer lo antes posible y no volver a entrar.

La FAO señala que una fermentación correcta depende tanto de las características del forraje como de la técnica de cosecha, llenado, compactación y sellado. Una entrada de oxígeno favorece la actividad de levaduras, mohos y otros microorganismos capaces de deteriorar el ensilado y reducir su valor nutritivo.

Por eso, hacer un silo no consiste simplemente en acumular forraje y cubrirlo.

Cada paso cuenta.

Qué errores reducen la calidad nutritiva del ensilado

Hay muchos factores que pueden condicionar el resultado final, pero algunos aparecen una y otra vez cuando un ensilado presenta problemas.

Los principales puntos que conviene vigilar son:

  • Cosechar demasiado pronto o demasiado tarde, cuando el equilibrio entre rendimiento y valor nutritivo ya no es el adecuado.
  • Ensilar con un contenido de humedad inadecuado.
  • Introducir tierra u otras contaminaciones durante la cosecha.
  • Utilizar un tamaño de picado que dificulte la compactación.
  • Llenar el silo demasiado despacio.
  • Compactar de forma insuficiente.
  • Dejar bolsas de aire dentro de la masa.
  • Realizar un sellado deficiente o no reparar rápidamente las roturas de la cubierta.
  • Mantener durante el consumo una cara del silo excesivamente grande o irregular.
  • Retirar el forraje demasiado lentamente, permitiendo que el aire penetre durante más tiempo.

La FAO destaca precisamente la rapidez del llenado y del sellado, la compactación y el cierre hermético como factores esenciales para reducir las fermentaciones aeróbicas y conservar el alimento.

Un detalle aparentemente pequeño puede tener consecuencias durante meses.

El momento de cosecha condiciona el valor nutritivo

No todo depende del silo. Antes hay que cosechar bien.

La fase de desarrollo de la planta determina buena parte de su composición. Conforme madura el cultivo, normalmente aumenta la producción de materia seca, pero también puede aumentar la proporción de componentes estructurales menos digestibles.

El objetivo consiste en encontrar el punto adecuado entre cantidad, digestibilidad y capacidad de conservación.

Un forraje de gran calidad recogido en el momento adecuado ofrece una base mucho mejor para obtener un ensilado de calidad. El proceso de conservación puede mantener buena parte de ese valor, pero no puede crear nutrientes que el cultivo ya había perdido antes de la cosecha.

La propia documentación técnica del MAPA señala que el valor alimenticio del ensilado está relacionado con la especie utilizada, la digestibilidad del cultivo en el momento de ensilar y la calidad posterior de la fermentación y la conservación.

Por eso, la primera decisión nutricional del invierno puede estar tomándose ya durante la cosecha de septiembre.

Humedad: ni demasiado seco ni demasiado húmedo

El contenido en materia seca es otro de los factores decisivos.

Un material excesivamente húmedo puede generar efluentes y favorecer fermentaciones indeseables. En el extremo contrario, un forraje demasiado seco resulta más difícil de compactar, lo que facilita que quede aire atrapado en el interior del silo.

La FAO explica que la facilidad de compactación depende en gran medida tanto de la materia seca como del tamaño del picado. Los forrajes muy secos ofrecen mayor resistencia y pueden requerir una reducción del tamaño de partícula y una compactación especialmente cuidadosa.

No existe un porcentaje universal válido para cualquier cultivo, maquinaria o tipo de silo. El punto adecuado debe valorarse según la especie vegetal, el sistema de conservación y las condiciones reales de cosecha.

De nuevo, el asesoramiento técnico resulta fundamental.

Compactación y sellado: sacar el aire y mantenerlo fuera

Una vez que el forraje llega al silo, comienza una carrera contra el oxígeno.

El llenado debe organizarse para permitir una compactación homogénea. No sirve depositar grandes cantidades de material de golpe si la maquinaria disponible no puede compactarlas suficientemente.

La documentación técnica del MAPA advierte precisamente de que una velocidad excesiva de llenado respecto a la capacidad de compactación puede dejar canales por los que posteriormente entra oxígeno y proliferan mohos. También recomienda minimizar la contaminación con tierra y realizar una compactación adecuada antes de proceder al sellado.

Después llega la cubierta.

Debe quedar perfectamente ajustada y mantenerse en buen estado durante todo el almacenamiento. Una rotura aparentemente pequeña es una puerta de entrada al aire.

Si se detecta, hay que repararla cuanto antes.

Un silo bien compactado pero mal sellado sigue siendo un silo en riesgo.

Señales de un silo bien hecho

La evaluación definitiva no debe basarse únicamente en el color o en el olor. Para conocer realmente la calidad nutricional hacen falta análisis. Sin embargo, la observación diaria sí puede aportar pistas muy útiles.

Un ensilado correctamente conservado suele presentar una estructura uniforme, ausencia de zonas con calentamiento anormal, escasa presencia de moho y un olor compatible con una fermentación adecuada.

Además, debería mostrar una buena aceptación por parte de los animales.

Cuando el ganado se acerca al comedero con normalidad, mantiene el consumo y la ración no genera grandes cantidades de rechazo, es una buena señal. No es una garantía analítica, pero sí una información útil.

La verdadera calidad del silo se mide combinando varias herramientas: observación, comportamiento del animal, resultados productivos y análisis nutricional.

Señales de que algo no va bien

Hay determinados indicios que deberían hacer revisar el silo y la ración.

Un calentamiento evidente al avanzar por la cara del silo suele indicar actividad aeróbica. También deben llamar la atención la aparición de mohos, colores anómalos, olores desagradables, zonas excesivamente húmedas, lixiviados importantes o una reducción inesperada de la palatabilidad.

Cuando esto ocurre, conviene no limitarse a retirar visualmente una zona deteriorada y seguir como si nada.

Puede ser necesario revisar la velocidad de avance del frente, el sellado, la forma de extracción y, especialmente, analizar el alimento.

Los microorganismos indeseables no solo provocan pérdidas nutritivas. La FAO advierte de que algunos hongos y bacterias asociados al deterioro pueden afectar también a la salud animal o a la calidad del producto final.

Ante cualquier duda sobre la seguridad del alimento, lo recomendable es valorar la situación con profesionales y no incorporar material deteriorado a la ración sin criterio técnico.

Abrir bien el silo también forma parte de conservarlo

La conservación no termina cuando empieza el invierno y se retira la cubierta.

Al abrir el silo, el oxígeno vuelve a entrar en contacto con el forraje. A partir de ese momento comienza otra fase crítica: la estabilidad aeróbica.

La forma de manejar el frente es fundamental.

Conviene mantener una superficie lo más uniforme posible, retirar únicamente la cantidad necesaria y avanzar con suficiente rapidez para evitar que una misma zona permanezca expuesta al aire durante demasiado tiempo.

La FAO recomienda minimizar la superficie abierta y mantener una extracción continua para reducir el deterioro provocado por el oxígeno.

Es uno de esos trabajos que parecen sencillos, pero que influyen directamente en la calidad que finalmente consume el animal.

Relación entre forraje, digestibilidad y rendimiento

Una ración no funciona únicamente porque esté bien formulada sobre el papel.

Tiene que partir de ingredientes cuya composición real se conozca.

Si un ensilado presenta menor materia seca, proteína o energía de la prevista, la ración final será distinta de la que se diseñó. Si además varía mucho de una zona del silo a otra, el problema aumenta.

Por eso es recomendable analizar los forrajes conservados y actualizar las formulaciones cuando exista una variación significativa.

La calidad del forraje influye directamente en:

  • Consumo voluntario.
  • Digestibilidad.
  • Aporte energético.
  • Equilibrio proteico.
  • Estabilidad ruminal.
  • Eficiencia de la ración.
  • Coste real por kilo producido.

En vacuno de carne o de leche, pero también en otros rumiantes, un forraje de calidad permite construir una ración más predecible.

Y eso tiene un valor económico enorme.

No todo se corrige añadiendo concentrado

Cuando un forraje pierde calidad, la tentación puede ser compensarlo aumentando otros ingredientes.

En algunos casos será necesario reformular, por supuesto. Pero primero hay que saber qué está ocurriendo.

Añadir más energía o más proteína sin conocer la composición real del ensilado puede encarecer innecesariamente la dieta o generar nuevos desequilibrios.

La estrategia debería comenzar por un análisis del alimento y continuar con una formulación basada en datos.

Ahí entran en juego el nutricionista, los correctores y los aditivos.

Pero en ese orden.

Primero conocer. Después corregir.

Dónde encajan los correctores y aditivos

Los correctores nutricionales pueden ayudar a equilibrar la dieta cuando los forrajes disponibles no cubren por sí solos determinadas necesidades minerales, vitamínicas o nutricionales.

Del mismo modo, determinados aditivos pueden resultar útiles para mejorar la estabilidad digestiva, favorecer la utilización de nutrientes o responder a problemas concretos de la explotación.

Pero ningún corrector convierte automáticamente un ensilado mal conservado en uno bueno.

Ese matiz es importante.

La estrategia más eficiente consiste en producir y conservar el mejor forraje posible y, a partir de su análisis, complementar únicamente aquello que realmente necesita el animal.

Esto permite ajustar mejor la ración y evitar costes innecesarios.

En Garcisan trabajamos desde 1988 junto al sector ganadero, ofreciendo soluciones en nutrición animal, correctores, aditivos y asesoramiento técnico.

Nuestra forma de entender la alimentación parte de una realidad muy sencilla: cada explotación y cada forraje son diferentes.

Por eso, ante la preparación de las reservas de otoño e invierno, Garcisan puede acompañar al ganadero en la valoración de la calidad de los forrajes, la interpretación de análisis y el ajuste posterior de las raciones.

También podemos ayudar a seleccionar los correctores y aditivos más adecuados en función de las necesidades productivas y de la composición real de los alimentos disponibles.

El objetivo no es utilizar más productos.

Es utilizarlos mejor.

Y, sobre todo, conseguir que la alimentación de invierno sea estable, segura y eficiente.

Conclusión: el invierno se empieza a alimentar en septiembre

Un buen ensilado no nace cuando se abre el silo. Nace meses antes.

Empieza con la elección del momento de cosecha y continúa con el control de la humedad, el picado, la limpieza, la compactación y un sellado rápido y hermético. Después hay que vigilar el almacenamiento y, finalmente, manejar correctamente la cara del silo cuando comienza su utilización.

Cada error puede suponer pérdidas.

Y esas pérdidas no afectan únicamente al volumen. Afectan a los nutrientes más valiosos del forraje, a su digestibilidad y al rendimiento posterior de los animales.

Por eso septiembre es un buen momento para revisar cómo se están preparando las reservas y pensar ya en la alimentación de invierno en ganadería.

En Garcisan creemos que conservar mejor es también alimentar mejor.

Si quieres revisar la calidad de tus forrajes y preparar una ración de invierno adaptada a tu explotación, contacta con el equipo técnico de Garcisan.

 

Llámanos o visita nuestra web para más información.

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